La IA es una de las principales disputas geopolíticas del siglo XXI. Frente a la propuesta china de una gobernanza multilateral y abierta, EEUU impulsa una arquitectura tecnológica basada en alianzas estratégicas y cadenas de suministro confiables. La disputa ya no es solo por desarrollar la mejor IA, sino por gobernar el ecosistema que la hará posible.
La inteligencia artificial (IA) es uno de los principales factores de poder del siglo XXI. Su capacidad para procesar enormes volúmenes de datos, optimizar procesos, automatizar decisiones y potenciar aplicaciones civiles y militares la posiciona como una tecnología crítica, que ya ha transformado la economía, la defensa, la comunicación, la ciencia y la organización misma de las sociedades. En este marco, el liderazgo en IA no depende únicamente del desarrollo de algoritmos más avanzados, sino también del control de infraestructuras, capacidades científicas, datos, mano de obra cualificada, tecnología crítica y recursos estratégicos.
El hecho de que la IA adquiera un carácter estructural para el funcionamiento de los Estados y del sistema internacional, ha convertido a su gobernanza en una de las mayores disputas actuales. Definir quién establece los estándares técnicos, las normas de uso, los mecanismos de cooperación, las cadenas de suministro y las instituciones encargadas de regular implica, en última instancia, disputar las reglas del futuro orden tecnológico global. La gobernanza de la IA es una disputa profundamente geopolítica.
Durante su discurso de apertura en la ceremonia inaugural de la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de 2026 y la Reunión de Alto Nivel sobre la Gobernanza Global de la Inteligencia Artificial, el presidente chino, Xi Jinping, declaró:
“La innovación global en inteligencia artificial está entrando en un periodo de actividad sin precedentes. Las tecnologías inteligentes, caracterizadas por el Internet de las Cosas, la colaboración humano-máquina, la integración intersectorial y la cocreación y el intercambio, están liberando una energía enorme, presentando tanto inmensas oportunidades como desafíos de gobernanza. La humanidad debe afrontar las preguntas de nuestro tiempo: Cuando las máquinas empiecen a pensar, ¿cómo debemos interactuar con ellas? Cuando los algoritmos participen en la toma de decisiones, ¿cómo se puede garantizar la seguridad? Cuando la tecnología desafíe la ética, ¿cómo puede la gobernanza mantenerse al día? A medida que la brecha se amplía, ¿cómo se pueden lograr beneficios inclusivos? Estas preguntas requieren una profunda reflexión y respuestas colaborativas de la comunidad internacional”.
Por su parte, el Subsecretario de Asuntos Económicos, Jacob Helberg, en el marco de la Pax Silica, declaró:
“Si el siglo XX se basó en el petróleo y el acero, el siglo XXI se basa en la computación y los minerales que la alimentan. Esta declaración histórica proclama un nuevo consenso en materia de seguridad económica que garantiza que socios alineados construyan el ecosistema de IA del mañana, desde la energía y los minerales críticos hasta la fabricación y los modelos de alta tecnología”.
En este escenario, la reciente creación de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO) durante la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial (WAIC) celebrada en Shanghái, y el impulso estadounidense a la iniciativa Pax Silica, expresan la consolidación de dos proyectos y arquitecturas para organizar la gobernanza global de la IA. Ambas iniciativas reflejan modelos distintos sobre cómo estructurar las relaciones internacionales, distribuir capacidades e influir en la arquitectura digital que dará forma al sistema internacional de las próximas décadas.
La Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial (WAIC)
La Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial (WAIC), celebrada entre el 17 y el 20 de julio de 2026 en Shanghái, volvió a consolidarse como uno de los principales espacios internacionales dedicados al debate sobre inteligencia artificial. Desde su creación, la WAIC reúne a jefes de Estado, organismos internacionales, empresas tecnológicas, universidades, investigadores e inversores para discutir el desarrollo científico, industrial y regulatorio de la IA. Su edición 2026 incluyó conferencias, exposiciones, competencias tecnológicas, incubación de startups y espacios de cooperación internacional, reflejando la estrategia china de articular innovación, industria y gobernanza en un mismo ecosistema.

Sin embargo, el principal anuncio no fue tecnológico ni empresarial, sino geopolítico. El 16 de julio, en el marco previo a la conferencia, representantes de 29 países firmaron en Shanghái el Acuerdo para el Establecimiento de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO), convirtiéndola en la primera organización internacional intergubernamental permanente dedicada exclusivamente a la inteligencia artificial. Con sede en Shanghái, la nueva institución declara como objetivos promover la cooperación internacional, fortalecer la gobernanza global de la IA y garantizar que su desarrollo sea “beneficioso, seguro y equitativo”, bajo los principios de la Carta de las Naciones Unidas, el respeto por la soberanía estatal y la diversidad de las civilizaciones de todos los países, el multilateralismo y el beneficio compartido.
De acuerdo a los documentos oficiales, la WAICO tiene como objetivo apoyar a los países del Sur Global para acelerar el desarrollo de la inteligencia artificial, fortalecer sus capacidades integrales en innovación, aplicación y gobernanza, sumarse a la ola de la revolución tecnológica y reducir la brecha de inteligencia. Además, se estableció que la WAICO está abierta a todos los países y mantendrá comunicación con otras organizaciones internacionales para explorar formas de cooperación adecuadas.


La creación de la WAICO da continuidad al Plan de Acción Global para la Gobernanza de la Inteligencia Artificial, presentado por China durante la WAIC 2025, donde Pekín propuso trece líneas de acción orientadas a construir un modelo internacional basado en la cooperación científica, el desarrollo compartido de infraestructura, el fortalecimiento de capacidades en el Sur Global, el impulso al código abierto, la construcción de estándares internacionales y la gobernanza multilateral bajo el marco de Naciones Unidas. Un año después, China deja de plantear únicamente una agenda y comienza a construir la institución encargada de materializarla.
El presidente Xi Jinping definió la creación de la WAICO como parte del compromiso de China de proveer “bienes públicos globales” en materia de inteligencia artificial. En ese marco anunció que, durante los próximos cinco años, China ofrecerá 5.000 oportunidades de capacitación para países en desarrollo; impulsará centros internacionales de cooperación junto con la ASEAN, la Liga Árabe, la Unión Africana, la CELAC, la Organización de Cooperación de Shanghái y los BRICS; y pondrá a disposición de 30 países el sistema de inteligencia artificial Mazu, destinado a mejorar la predicción y alerta meteorológica. Según el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Lin Jian, la creación de la WAICO constituye “una medida trascendental para responder al llamado del Sur Global y unir a la comunidad internacional para promover vigorosamente el desarrollo y la gobernanza de la IA”.
La repercusión internacional reflejó la magnitud del anuncio. El Financial Times destacó que la nueva organización proporciona una plataforma permanente para la cooperación internacional en inteligencia artificial; Reuters subrayó la apuesta china por el código abierto y la IA como bien público global; Bloomberg enfatizó el objetivo de reducir la brecha digital mediante el fortalecimiento de capacidades en el Sur Global; Business Times interpretó la creación de la WAICO como un hito en la gobernanza mundial de la IA; mientras que Al Jazeera resaltó el énfasis chino en un desarrollo de la inteligencia artificial centrado en las personas y acompañado por mecanismos regulatorios.
La creación de la WAICO expresa la profundización de la competencia por la arquitectura institucional de la inteligencia artificial, inaugurando una nueva etapa en la disputa geopolítica por la gobernanza del ciberespacio.
Pax Silica: la arquitectura estadounidense para la gobernanza de la inteligencia artificial
Presentada por el Departamento de Estado en 2025 y ampliada durante 2026 con la adhesión de nuevos países aliados, la iniciativa Pax Silica busca reorganizar la cadena global de suministro de la inteligencia artificial a partir de un criterio central: la confianza política entre los participantes.
El nombre no es casual. Al igual que la Pax Romana o la Pax Americana, Pax Silica remite a la construcción de un orden internacional. En este caso, un orden sustentado sobre el silicio, la capacidad de cómputo, los semiconductores, la infraestructura digital y los minerales críticos que alimentan el desarrollo de la inteligencia artificial.
La iniciativa fue impulsada por Jacob Helberg, actual Subsecretario de Estado para el Crecimiento Económico, Energía y Medio Ambiente de Estados Unidos. Antes de incorporarse al Departamento de Estado, Helberg fue asesor estratégico del director ejecutivo de Palantir, Alex Karp, e integró la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad entre Estados Unidos y China, desde donde promovió mayores restricciones tecnológicas sobre Pekín, el endurecimiento de los controles a las exportaciones y la prohibición de TikTok. Su trayectoria refleja la creciente articulación entre el aparato estatal estadounidense y los principales actores tecnosistémicos del país.

En la declaración fundacional, los países firmantes sostienen que “la revolución tecnológica de la inteligencia artificial está reorganizando la economía mundial y transformando las cadenas globales de suministro”, razón por la cual consideran indispensable construir un ecosistema basado en trusted partners y trusted supply chains. En otras palabras, un sistema de producción, innovación y circulación tecnológica integrado exclusivamente por países considerados políticamente confiables para Washington.
El documento plantea que el nuevo ecosistema deberá abarcar toda la cadena de valor de la inteligencia artificial: energía, minerales críticos, refinación, manufactura avanzada, semiconductores, infraestructura de cómputo, centros de datos, redes de telecomunicaciones, software, plataformas y modelos fundacionales. Asimismo, promueve la movilización del capital privado como motor principal de la innovación y establece mecanismos de coordinación para proteger las tecnologías sensibles, restringir el acceso de competidores estratégicos y fortalecer la seguridad económica de los países aliados.
La frase de Helberg, “si el siglo XX se basó en el petróleo y el acero, el siglo XXI se basa en la computación y los minerales que la alimentan”, resume el diagnóstico estratégico de Washington: quien controle la infraestructura material de la inteligencia artificial controlará la etapa del desarrollo económico y tecnológico mundial.
Sin embargo, quizás la definición más reveladora de Helberg aparece en su ensayo “La trampa de la soberanía digital”, publicado inmediatamente después de la presentación de Pax Silica. Allí sostiene que la búsqueda de soberanía digital por parte de los Estados constituye una estrategia “retrógrada y contraproducente”, ya que implicaría que cada país intente reconstruir por separado tecnologías ya desarrolladas en lugar de incorporarse al ecosistema liderado por Estados Unidos.
Este razonamiento revela una comprensión limitada, o deliberadamente sesgada, del concepto de soberanía o incluso autonomía tecnológica. Al reducirla a una supuesta obsesión por “copiar” tecnologías existentes, omite deliberadamente que la autonomía y la soberanía no consiste en reproducir cada innovación, sino en desarrollar las capacidades materiales, científicas e institucionales que permitan decidir sobre el propio destino tecnológico.
Helberg propone un modelo basado en la especialización funcional entre aliados. Según su planteo, “la capacidad de cálculo de un socio se une a los minerales de otro, el talento de un tercero y el capital de un cuarto; el resultado no es una suma, sino una multiplicación”.
Es precisamente en este punto donde emerge una de las principales tensiones geopolíticas del proyecto. Aunque el discurso se presenta como una alianza entre socios estratégicos, la distribución de funciones asignada a cada país reproduce una división internacional del trabajo claramente diferenciada. En las declaraciones oficiales sobre la incorporación de Argentina, Chile, Costa Rica, Panamá y El Salvador, el propio Departamento de Estado identifica el papel específico que cada uno desempeñará dentro de la arquitectura de Pax Silica: Argentina y Chile como proveedores de litio, cobre y energía; Panamá como nodo logístico; Costa Rica como plataforma para la manufactura avanzada y los semiconductores; y El Salvador como espacio para operaciones de ensamblaje.
Más que promover el desarrollo de capacidades tecnológicas soberanas, el proyecto estadounidense propone integrar a cada aliado dentro de una cadena de suministro diseñada en función de las necesidades estratégicas del ecosistema liderado por Washington. En este sentido, la innovación no aparece organizada alrededor de la búsqueda de autonomía tecnológica de los Estados, sino de una arquitectura internacional donde Estados Unidos concentra los segmentos de mayor valor agregado, la capacidad de cómputo, los modelos fundacionales y las plataformas, mientras distribuye entre sus aliados funciones específicas vinculadas a recursos naturales, manufactura, logística e infraestructura.
En pocas palabras, la Pax Silica constituye una actualizada reproducción de las históricas prácticas imperialistas de EEUU en la constitución de la organización del trabajo y las relaciones internacionales. Bajo el discurso de la cooperación y la seguridad económica, el proyecto asigna funciones diferenciadas a cada aliado dentro de una arquitectura tecnológica diseñada y conducida desde Washington, reproduciendo una inserción subordinada de los países en las cadenas globales de valor.
La disputa por la gobernanza global de la inteligencia artificial
La creación de la WAICO y de la Pax Silica constituyen dos proyectos geopolíticos en competencia por establecer la arquitectura institucional, tecnológica y normativa que organizará el desarrollo de una de las tecnologías críticas más estratégicas del siglo XXI. En otras palabras,lo que se disputa ya no es únicamente el liderazgo en innovación, sino la capacidad de establecer quién gobernará la inteligencia artificial, bajo qué principios y en beneficio de quiénes.
La inteligencia artificial se ha convertido en parte clave de una infraestructura estratégica transversal. Su impacto alcanza la economía, la defensa, la seguridad, la salud, la educación, la producción industrial, la administración pública y la comunicación. Quienes controlen las capacidades de cómputo, los modelos fundacionales, los datos, los chips, las plataformas, los estándares técnicos, las normas y las cadenas globales de suministro no sólo dispondrán de ventajas económicas, sino también de instrumentos inéditos para proyectar poder político, militar y cognitivo sobre el sistema internacional. En ese escenario emergen dos concepciones profundamente diferentes sobre qué significa gobernar la inteligencia artificial.
En un mundo en plena transición, de declive del unipolarismo estadounidense y de ascenso de la multipolaridad liderada por el eje China-Rusia-Irán, la gobernanza de la IA es terreno de disputa geopolítica. Resulta decisivo establecer las normas que regularán su utilización, definir quién accede a ella, bajo qué condiciones circula el conocimiento, qué estándares técnicos se imponen y qué instituciones serán reconocidas como legítimas para administrar ese proceso.
Mientras China propone institucionalizar un organismo internacional permanente, abierto a la incorporación de nuevos miembros y articulado sobre los principios de la Carta de las Naciones Unidas, Estados Unidos impulsa una alianza restringida entre países considerados “socios confiables”, organizada alrededor de la seguridad económica y la competencia estratégica.
No se trata únicamente de mecanismos distintos. También responden a concepciones diferentes del orden internacional. La WAICO se presenta como una institución multilateral orientada a construir reglas compartidas para la inteligencia artificial. La Pax Silica, por el contrario, configura una arquitectura selectiva que organiza la cooperación exclusivamente entre actores políticamente alineados con Washington.
En la propuesta china, los Estados ocupan el centro de la gobernanza. La cooperación científica, la construcción de infraestructura, la formación de capacidades y la elaboración de estándares aparecen articuladas desde organismos públicos e instituciones internacionales.
En la Pax Silica, en cambio, el propio documento convoca explícitamente a “movilizar el inmenso poder creativo y financiero de la industria privada”. La gobernanza de la inteligencia artificial se apoya así en una estrecha articulación entre el Estado estadounidense y las grandes corporaciones tecnológicas, que dejan de actuar únicamente como proveedores para convertirse en actores centrales de la arquitectura geopolítica de la inteligencia artificial. No resulta casual que el principal impulsor de la iniciativa, Jacob Helberg, provenga de Palantir, una de las empresas paradigmáticas de esta convergencia entre tecnología, inteligencia y seguridad nacional.
China sostiene que el desarrollo de capacidades nacionales constituye una condición para reducir la brecha tecnológica y democratizar el acceso a la inteligencia artificial. Las becas, los centros regionales de cooperación, la transferencia tecnológica, el sistema Mazu y la construcción de infraestructura compartida responden a esa lógica de fortalecimiento de capacidades.
Por el contrario, Helberg cuestiona explícitamente la búsqueda de soberanía digital, calificándola de “retrógrada y contraproducente”. Su argumento sostiene que los países no deberían intentar desarrollar capacidades propias, sino integrarse en un ecosistema internacional donde cada uno aporte aquello para lo que posee ventajas comparativas.
Quizás la diferencia más evidente entre ambos proyectos aparezca en el lugar que asignan a los países del Sur Global.
El discurso chino presenta al Sur Global como un sujeto activo de la transformación tecnológica. La creación de centros internacionales de inteligencia artificial, los programas de capacitación, la transferencia tecnológica y el acceso compartido a infraestructura buscan ampliar capacidades nacionales y reducir la brecha tecnológica.
La Pax Silica, en cambio, describe a sus nuevos integrantes desde otra lógica. En las declaraciones de Helberg sobre la incorporación de Argentina, Chile, Costa Rica, Panamá y El Salvador, cada país es definido principalmente por el recurso estratégico que aporta a la arquitectura estadounidense.
Mientras un modelo presenta a estos países como futuros desarrolladores de capacidades tecnológicas, el otro los incorpora y subordina en función de su contribución a una cadena internacional de suministro diseñada fuera de sus fronteras.
En este sentido, el discurso de la innovación compartida convive con una organización funcional donde el núcleo tecnológico permanece concentrado y los aliados aportan minerales críticos, energía, infraestructura, logística o manufactura. Más que eliminar la dependencia tecnológica, esta arquitectura tiende a reorganizarla bajo nuevas condiciones geopolíticas.
Finalmente, ambos proyectos también difieren en el modo de concebir la propia inteligencia artificial.
China insiste en presentar la IA como un bien público internacional cuyo desarrollo debe orientarse por principios de cooperación, código abierto, transferencia tecnológica y beneficio compartido.
Estados Unidos, por el contrario, la concibe principalmente como un activo estratégico cuya ventaja competitiva debe preservarse mediante controles tecnológicos, cadenas de suministro confiables, protección de infraestructuras críticas y restricciones al acceso de sus competidores.
La confrontación entre ambos proyectos refleja la transición hacia un sistema internacional en transformación. Por un lado, Estados Unidos intenta evitar su declive mediante una actualización de las históricas prácticas imperialistas, reorganizando cadenas de suministro, asegurando (saqueando) recursos estratégicos y articulando el poder estatal con las grandes corporaciones tecnológicas. Por otro lado, China busca consolidarse como promotora de un orden multipolar, proponiendo nuevas instituciones, mecanismos de cooperación y una narrativa centrada en el desarrollo compartido y la inclusión del Sur Global. EEUU intenta construir una arquitectura de alianzas, mientras que China busca consolidar una arquitectura institucional.
