​El Diluvio, Yemen y las cuatro guerras del Heartland

Esta es la guerra de la nación con todas sus corrientes y clases populares oprimidas contra un amplio espectro de enemigos imperialistas, sionistas y reaccionarios, y por ello, la acumulación de logros y derramamiento de sangre anteriores continúa a través de la construcción organizativa, intelectual y política a nivel nacional.

Desde la Segunda Guerra Mundial, cuando Medio Oriente se convirtió en un Heartland meridional junto al Heartland euroasiático donde se decide el destino del mundo y donde Medio Oriente cobra una importancia creciente por (el surgimiento de la entidad sionista y la relevancia del petróleo), la región presenció confrontaciones regionales e internacionales sangrientas, entre las que destacaron cuatro guerras.

La primera fue la guerra de junio de 1967, que dirigió la alianza sionista-estadounidense junto con la reacción petrolera para frenar el control nasserista sobre los puertos y las puertas del Heartland meridional, entre ellos Suez, Bab El Mandeb y el litoral sirio, y la pugna por Ormuz con el régimen agente del Sah.

La segunda fue la guerra de Tishrín (octubre) de 1973, que Abdel Nasser planificó antes de su fallecimiento y que consistió en el ataque de los ejércitos egipcio y sirio para repeler la agresión y expulsarla de los territorios que el enemigo ocupó en 1967.

La tercera fue la guerra Irak-Irán, cuyo fin fue golpear el eje que se formó tras la Revolución iraní y el golpe de izquierda en Afganistán, así como tras el memorando de entendimiento entre los presidentes sirio e iraquí (Al Bakr y Hafez Al Assad), y frente al ascenso del movimiento nacional libanés armado contra la agresión sionista, en alianza con la resistencia palestina.

La cuarta fue la que inició Hizbullah en 2000 y que adquirió su dimensión regional e internacional mediante el Diluvio de Al Aqsa, que ejecutaron los qasamíes (el brazo militar del movimiento Hamas). Después se incorporó a esta guerra una nueva fuerza, Ansar Allah en Yemen, junto con la resistencia iraquí y el centro del eje en Irán.

En este artículo, coincidiendo con la conmemoración de las guerras de este mes y con la agresión y la resistencia que este también presencia en Yemen, hablaremos de las guerras de Tishrín y de la actual guerra de Yemen.

Las guerras de Tishrín (octubre)

Recordamos en la primera semana de octubre unos días que nada tienen que ver con los de los árabes en la guerra de Al Basus (tribal antigua), que no se detuvieron hasta  hoy bajo diversos títulos vergonzosos, sectarios, regionalistas y étnicos: algunos nacidos del atraso y otros propios de los tiempos modernos, por obra de las plumas de los servicios de inteligencia atlánticos y sionistas y de quienes hacen sus veces.

En la primera semana de Tishrín estallaron dos grandes guerras. La primera, en 1973, cuando los ejércitos egipcio y sirio lanzaron una amplia campaña militar contra el enemigo sionista que logró en las primeras horas grandes avances. Las fuerzas armadas egipcias consiguieron penetrar y destruir la segunda línea defensiva más poderosa de la historia de las guerras modernas, la Línea Bar Lev sionista, y mataron y capturaron a un gran número de sionistas. El segundo frente fue el del sur de Siria, donde el ejército sirio, por decisión del presidente Hafez al-Assad, destrozó las defensas sionistas y llegó al lago Tiberíades ocupado.

Décadas después, tras las cuales se intercalaron éxitos deslumbrantes de Hizbullah en el frente libanés, y el brazo militar de Hamas, representado por las Brigadas de Al Qassam, sorprendió al enemigo sionista en el frente de Gaza, irrumpió en sus campamentos y sus líneas y mató y capturó a centenares de sus soldados.

Aquellas guerras no fueron una nube de verano ni meras tácticas de campo, sino guerras difíciles y feroces en las que el enemigo perdió centenares de tanques y aviones y miles de muertos, heridos y prisioneros y, lo más importante, se derrumbó el llamado mito del ejército invencible. Los escépticos pueden remitirse a los propios informes sionistas, como el informe sobre la negligencia, y a las guerras de «Israel» tal como las documentó el historiador militar sionista Zeev Schiff.

Por el contrario, como en cada ocasión, los arsenales del imperialismo estadounidense se abrieron al enemigo, decenas de pilotos estadounidenses se sumaron a él y las mayores potencias imperialistas del mundo, con sus armas y su influencia política, económica y mediática, se convirtieron en socio pleno en la batalla.

Sin embargo, nada de ello habría influido en el curso de los combates de no ser por la connivencia política de los socios de la batalla, a semejanza de lo que hizo Sadat en el frente egipcio cuando inventó la «pausa de revisión». Con ella permitió al enemigo sionista, respaldado por la fuerza aérea estadounidense, cebarse en solitario con el frente sirio. El resultado fue el repliegue del ejército sirio a las líneas traseras y el cerco del ejército egipcio en el desierto del Sinaí.

Esto en cuanto a la guerra de octubre de 1973. En cuanto al Diluvio de Al-Aqsa, que ejecutaron los héroes qasamíes, se prolongó varios años y a él se sumaron combatientes de la Yihad Islámica, del Frente Popular y de otras fuerzas. Sacudió al mundo entero, disipó en poco tiempo la narrativa sionista criminal contra el pueblo palestino y sus derechos y desenmascaró el discurso capitalista sobre la democracia y los derechos humanos.

Y, lo más importante, cortó el camino a la ampliación del abrahamismo político y a la incorporación a él del mayor Estado petrolero árabe, devolvió la causa palestina al primer plano de las causas mundiales y recordó de nuevo a los árabes que la causa de Palestina no es la del pueblo palestino solo ni un conflicto (israelí-palestino), sino la causa de toda la nación.

Y como ocurrió tras los primeros días gloriosos de los ejércitos egipcio y sirio, el enemigo se puso a atacar en solitario a Gaza, a los qasamíes y sus compañeros y al pueblo palestino resistente en Cisjordania, apoyándose en el arsenal estadounidense y en miles de mercenarios de todo el mundo, incluidas empresas dirigidas desde conocidos protectorados petroleros.

En contraste, el eje de la resistencia (Hizbullah, Ansar Allah, la resistencia iraquí e Irán) se incorporó rápidamente a esta batalla mediante un frente de apoyo. Su impacto habría sido sin duda mayor si hubiera superado la sorpresa de Hamas, cualesquiera que fuesen sus cálculos, y hubiera ampliado la batalla a horizontes mucho más vastos.

Y es que el campo enemigo, representado por la alianza estadounidense-sionista y sus «árabes» de pacotilla, ya había preparado de antemano los medios para incendiar la región en aras de un Medio Oriente sionizado. Lo hizo en paralelo a la estrategia de dominio del Heartland meridional y de cerco del Heartland euroasiático, de la Ruta de la Seda y del Cinturón chino, y de apropiación de las reservas de gas del litoral de Gaza y de Líbano, así como en paralelo a la guerra de los puertos y a los incendios que esta provocó por doquier.

Además, a la luz de lo anterior, es preciso formular las siguientes observaciones:

La satanización previa de todo enfrentamiento con el enemigo y la atribución a la cultura del enfrentamiento de la responsabilidad por las pérdidas humanas y materiales, cuando Europa, por ejemplo, perdió 50 millones de personas en dos guerras libradas en su suelo y numerosas capitales suyas, entre ellas Londres, quedaron casi destruidas durante esas guerras. Otro tanto cabe decir de las guerras de liberación que libraron Vietnam, China, Argelia y otros países, en las que ofrendaron millones de víctimas.

Las pérdidas del enemigo en las guerras de Tishrín primera y segunda y en sus guerras contra Hizbullah e Irán superaron todas sus pérdidas desde su fundación en 1948. Rebasaron los cien mil entre muertos y heridos, más de mil tanques, centenares de aviones, centenares de miles de millones de dólares y un millón de (emigrantes) al exterior, en particular de los asentamientos del norte (los blancos asquenazíes) y del sur.

Frente al cuestionamiento de la seriedad de estos enfrentamientos, recordamos que la mayoría de los dirigentes de primer y segundo rango de la resistencia libanesa y del movimiento Hamas, además de dirigentes iraníes, murieron en ellos.

Quienes atribuyen a esta batalla, guerra o confrontación, o a aquella, horizontes estratégicos inmediatos y esperan de ella grandes saltos en el aire, y luego la juzgan a esa luz y caen en estados de desesperación, acusación o rebeldía contra ella, ignoran o desconocen que la batalla con el enemigo sionista y sus prolongaciones imperialistas y reaccionarias es más lejana, más compleja y más grande de lo que ocurrió hasta ahora.

Esa batalla atañe al proyecto de toda la nación de permanecer dentro de la historia y afrontar las grandes preguntas de la liberación, entrelazadas en todos los planos (social, económico, de clase y cultural), junto con la dimensión política y los instrumentos históricos para llevar adelante este programa.

Los ejércitos sirio y egipcio dieron en la guerra de Tishrín más de lo que su capacidad permitía, dentro de las condiciones políticas y objetivas disponibles, pero carecieron del entorno vietnamita como modelo para lograr la liberación y la unidad.

Y ninguna fuerza de resistencia ofreció en sacrificio, abnegación, valentía, heroísmo, organización y espíritu martirial lo que ofrecieron Hizbullah, las Brigadas Al Qassam, Ansar Allah y los resistentes en general. ¿Contra quién? Contra las más recias fuerzas satánicas de la historia, representadas por los sionistas, los imperialistas y sus secuaces. Es seguro que ni una gota de la sangre de sus dirigentes, combatientes y pueblo se perderá en vano y, lo más importante, que estas experiencias constituyen una base sólida para continuar por un camino largo.

Esta es la guerra de la nación, con todas sus corrientes y sus clases populares oprimidas, contra un amplio espectro de enemigos imperialistas, sionistas y reaccionarios. Y por ser así, la acumulación sobre los logros y la sangre previos continúa mediante una construcción organizativa, intelectual y política a escala de la nación, con su participación y su implicación en esta guerra, y no combatiendo en su nombre.

Una guerra que engendra otra contra Yemen

Tras declaraciones estadounidenses según las cuales Washington no permitirá el traspaso o la pérdida de Bab El Mandeb ni una nueva crisis como la del estrecho de Ormuz, las fuerzas de los protectorados petroleros y sus instrumentos locales, con respaldo estadounidense, se pusieron a concentrar grandes fuerzas para sitiar a Ansar Allah y a las fuerzas gubernamentales de Saná, en paralelo a una campaña de calumnias flagrantes sobre un supuesto ataque contra La Meca la Honrada.

Ansar Allah respondió con manifestaciones populares multitudinarias que confirmaron el respaldo del pueblo yemenita, y con el lanzamiento de una amplia campaña militar durante la cual se apoderó del material de divisiones enteras. El propio Bab El Mandeb quedó en la línea de fuego e incluso todo el mar Rojo se situó en ese espacio, y los misiles de Ansar Allah alcanzaron las alternativas terrestres en las que los protectorados petroleros apostaron como sustituto de Ormuz y de Bab El Mandeb.

Ansar Allah no ignoró las perspectivas de ello ni que habría de esperar centenares, incluso miles, de incursiones estadounidenses, atlánticas y de la reacción petrolera como compensación por las derrotas de sus instrumentos sobre el terreno.

Según las estimaciones preliminares, el total de incursiones y proyectiles que los estadounidenses y sus aliados arrojaron sobre Yemen equivalió a la campaña de Normandía contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial, exactamente como hicieron los sionistas durante su criminal agresión contra Gaza y su pueblo, contra el sur de Líbano y contra el suburbio sur de Beirut, terreno de la resistencia.

La mencionada invasión aérea puede jactarse de estas incursiones e intentar volver a barajar las cartas, pero la experiencia de Ansar Allah mostró y confirmó el aserto histórico de la resistencia yemenita a lo largo de la historia: la derrota de todas las fuerzas invasoras y de sus instrumentos locales.

Ni Portugal, ni la Turquía otomana, ni Gran Bretaña en el apogeo de su poder escaparon a la derrota ante los yemenitas, sus montañas y su voluntad firme, ni ante su dignidad y su orgullo por su historia frente al wahabismo y sus prolongaciones, que intentaron colonizarlos durante todo el siglo XX. Y esto se repitió en estos días con el apoyo del Atlántico y de un puñado de fugitivos que hablan de una legitimidad trazada en los círculos del petróleo y del Pentágono.

Fuente: Huele a azufre 

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