A simple vista, el Donbás y el estrecho de Ormuz pertenecen a mundos diferentes.
Uno es el corazón territorial de una guerra que desde 2022 enfrenta a Rusia y la OTAN, con un país como Ucrania como brazo ejecutor, en las fronteras geopolíticas de Europa occidental. El otro es uno de los principales cuellos de botella energéticos del planeta, convertido desde febrero de 2026 en escenario central de la guerra iniciada por EEUU e Israel contra Irán. Los separan miles de kilómetros, historias diferentes y actores con intereses propios.
Sin embargo, cada mes resulta más difícil observarlos de manera aislada. Los drones que cruzan el cielo ucraniano reaparecen sobre el Golfo. Las tecnologías creadas para derribarlos viajan en sentido contrario. El complejo militar-industrial estadounidense sostiene la cadencia de fuego de los protagonistas “occidentales” de ambos escenarios. Rusia e Irán intercambian capacidades y rutas logísticas. El petróleo que deja de circular por Ormuz modifica los recursos disponibles para financiar la guerra en Ucrania.
En ese marco, el Donbás y Ormuz empiezan a funcionar como extremos geográficos de un sistema de guerras que convergen de una manera creciente. Los hechos recientes muestran una articulación cada vez más profunda, con conexiones cada vez más estrechas en las dimensiones militares, diplomáticas, tecnológicas, industriales, energéticas y logísticas.
Del Donbás al Golfo, el viaje de los drones
Una de las mejores maneras de seguir esta historia consiste en acompañar el recorrido de un arma. Desde 2022, Irán transfirió a Rusia drones Shahed y posteriormente tecnología para producirlos en territorio ruso. Moscú los adaptó, modificó y convirtió en una herramienta fundamental de su campaña contra Ucrania. La utilización masiva de estos sistemas obligó a Kiev a buscar respuestas frente a un problema particularmente difícil. Derribar con un misil de cientos de miles o incluso millones de dólares un dron cuyo costo puede ser decenas de veces inferior constituye una ecuación militar insostenible en una guerra prolongada.
Ucrania comenzó entonces a desarrollar sensores acústicos, sistemas de interferencia electrónica, redes descentralizadas de detección y drones interceptores. Cuatro años de guerra transformaron el frente ucraniano en un gigantesco espacio de experimentación tecnológica. En enero de 2025, Rusia e Irán firmaron un Tratado de Asociación Estratégica Integral.
Cuando EEUU e Israel comenzaron sus ataques contra Irán el 28 de febrero, los países del Golfo descubrieron que enfrentaban precisamente la clase de amenaza que Ucrania llevaba años intentando combatir. El movimiento fue muy rápido. El 3 de marzo, Zelensky conversó con el presidente de Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed, y con el emir de Qatar, Tamim bin Hamad al-Thani. Un día después se sumaron contactos con Bahréin, Kuwait y Jordania. Washington también pidió asistencia.
Para el 20 de marzo, el presidente Zelensky informó que había 228 especialistas ucranianos desplegados en Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Qatar, Kuwait y Jordania. Los equipos transmitían conocimientos sobre detección, guerra electrónica e intercepción de drones. Kiev ofrecía además sus propios sistemas interceptores. A cambio buscaba financiamiento, inversiones, acceso tecnológico y sistemas antiaéreos que necesitaba desesperadamente para continuar enfrentando a Rusia.
Ucrania, que durante años se presentó exclusivamente como receptora de ayuda occidental, ahora comenzó a vender un extraño activo: su experiencia militar acumulada. Los conocimientos adquiridos enfrentando la tecnología iraní utilizada por Rusia comenzaron a abrir mercados, generar acuerdos de cooperación y atraer inversiones hacia el complejo militar-industrial ucraniano. Con Qatar y Emiratos se discutieron posibilidades de coproducción. Con EEUU aparecieron conversaciones sobre cooperación tecnológica. Posteriormente se abrió también un canal entre los cancilleres de Ucrania e Israel alrededor de la denominada amenaza iraní. Las redes de seguridad de Europa oriental y Asia Occidental empezaron a desarrollar vasos comunicantes.
Teherán observa naturalmente el proceso desde la perspectiva contraria. Zelensky afirma que Ucrania no se encuentra en guerra con Irán y presenta el despliegue como asistencia defensiva. Las autoridades iraníes comenzaron, en cambio, a considerar que Kiev se incorpora progresivamente a la red de países que sostienen militarmente la ofensiva estadounidense e israelí. Global Times, el portal chino, recogió una advertencia a Zelensky del analista militar Song Zhongping: “Al intentar involucrar a Ucrania en los conflictos de Medio Oriente, corre el riesgo de convertir al país en participante activo de un conflicto más amplio”.
El Mar Caspio como espacio comunicante de ambas guerras
Durante años, los puertos y rutas marítimas del Mar Caspio facilitaron la conexión comercial entre Rusia e Irán. Ucrania sostuvo reiteradamente que parte de esos corredores servían también para trasladar municiones, componentes y equipos relacionados con la producción de drones. En julio de 2026, el Caspio dejó de ser únicamente una retaguardia logística cuando Irán denunció que un ataque ucraniano contra un buque comercial de bandera iraní provocó la muerte de un marinero. Zelensky afirmó, por su parte, que Ucrania había atacado un buque de guerra ruso y embarcaciones utilizadas para transportar cargamentos militares. Mientras la naturaleza exacta de las cargas continúa en disputa, un dato geopolítico es claro: La guerra de Ucrania alcanzó físicamente una ruta que conecta a Irán, extendiendo los efectos del conflicto a infraestructuras y ciudadanos iraníes.
Durante los primeros años de la guerra ucraniana, el flujo tecnológico principal se movió desde Irán hacia Rusia. En 2026 comenzaron a aparecer indicios de un recorrido inverso. Fuentes occidentales y regionales consultadas por Reuters afirmaron que Moscú había compartido con Teherán imágenes satelitales y conocimientos derivados de las modificaciones introducidas sobre drones iraníes utilizados contra Ucrania, además, Financial Times afirmaba que una filtración de documentos rusos evidenciaba un acuerdo confidencial entre Irán y Rusia por un valor de 588 millones de dólares que permitiría a Teherán reconstruir parte de sus defensas aéreas con sistemas portátiles de misiles Verba. Rusia reconoció suministros militares a Irán, aunque negó haber proporcionado inteligencia destinada a identificar blancos estadounidenses.
La guerra de Ucrania habría permitido a Rusia experimentar durante años con sistemas iraníes, construir mejores formas de conseguir su escalamiento industrial, adaptarlos a condiciones intensivas de guerra electrónica y desarrollar nuevas versiones. Parte de ese conocimiento, evidentemente, ya ha regresado a Irán.
El circuito es extraordinario. Irán envía el Shahed a Rusia. Rusia lo modifica. Ucrania aprende a combatirlo. Ucrania exporta esa experiencia al Golfo. Rusia puede devolver a Irán las modificaciones desarrolladas después de años de combate.
Una investigación del Financial Times aportó después un elemento todavía más significativo. Según fuentes familiarizadas con las conversaciones, Moscú habría ofrecido a Washington reducir su asistencia de inteligencia a Irán a cambio de que Estados Unidos limitara la cooperación de inteligencia con Ucrania. Kirill Dmitriev habría presentado la propuesta a Steve Witkoff y Jared Kushner. Washington la rechazó y el funcionario ruso calificó luego la información como falsa, pero las suspicacias tienen un enorme fundamento.
En el otro extremo, aparece la industria militar estadounidense. Washington aún sostiene a Ucrania, protege a Israel, defiende sus bases y socios en el Golfo y mantiene simultáneamente una fuerza capaz de disuadir a China en el denominado Indopacífico. Esa estrategia depende de sus sistemas de armas, con sus principales activos en el mercado mundial, como los misiles Patriot, Atacms, y Tomahawk, Aviones F-35, entre otros. Sistemas diferentes, con funciones diferentes, pero unidos por un problema común: Su fabricación requiere líneas industriales complejas y tiempos que muchas veces se cuentan en años, señalando un retraso tecnológico relativo del complejo militar-industrial estadounidense con respecto a las capacidades que la industria para la defensa de China y Rusia han mostrado.
La guerra contra Irán incrementó enormemente el consumo estadounidense de sistemas de defensa antimisiles y municiones de precisión. Investigaciones publicadas en agosto señalaron que una parte sustancial de determinados stocks había sido utilizada durante los primeros meses del conflicto. Washington rechazó algunas de las estimaciones más alarmantes, mientras el Pentágono comenzó a acelerar contratos para expandir la producción, y el propio Trump terminó reconociendo que la disponibilidad depende del tipo de munición: “Tenemos ciertos tipos de municiones muy poderosas con suministro virtualmente ilimitado. Tenemos otras en las que la situación es un poco más ajustada”.
La capacidad militar estadounidense sigue siendo gigantesca. Pero una guerra se mide también por la relación entre consumo, producción y tiempo de reposición. Los archivos analizados muestran que algunos componentes críticos necesitan dos, tres o incluso más años para ampliar significativamente sus tasas de fabricación. Zelensky afirmó en agosto que Ucrania había recibido durante 2026 aproximadamente un tercio de los interceptores entregados durante el año anterior. Kiev vinculó esa reducción con las necesidades estadounidenses en Asia Occidental.
Entre el Donbás y el Ormuz aparece el G2
El denominado “Enfrentamiento del G2” permite ubicar estas conexiones dentro de una transformación más amplia del sistema internacional. Estados Unidos y China constituyen hoy los dos principales polos de poder económico, tecnológico y estratégico.
Sin embargo, el G2 debe pensarse como una contradicción principal que organiza el sistema sin producir mecánicamente dos campos homogéneos. Rusia puede beneficiarse del encarecimiento energético provocado por la guerra contra Irán. China puede obtener ventajas derivadas de una mayor dispersión de los recursos estadounidenses. Al mismo tiempo, Beijing paga costos económicos por esa misma guerra, debido a que es uno de los mayores importadores energéticos del planeta. Un petróleo más caro golpea su industria y la inestabilidad alrededor de Ormuz amenaza corredores fundamentales para su comercio. Es decir, su confrontación condiciona el margen de acción de todos los actores en la disputa, pero no elimina las contradicciones secundarias, sino que las organiza en un entramado interdependiente.
Rusia e Irán han profundizado durante los últimos años su cooperación militar, energética, financiera y tecnológica. En ese marco, Beijing constituye un centro económico tanto para Moscú como para Teherán. Compra enormes cantidades de petróleo ruso e iraní, proporciona mercados, tecnología e infraestructuras que reducen parcialmente la capacidad estadounidense de aislamiento y sostiene una relación estratégica profunda con Rusia.
Si bien Beijing negó cualquier participación militar directa en ambos conflictos, la dimensión verdaderamente estructural aparece en la presencia creciente de su ecosistema tecnológico, productivo, financiero y comercial en el sostenimiento de los esfuerzos de guerra, tanto de Rusia como de Irán. Satélites, telecomunicaciones, sistemas de navegación (como el Beidou-3), circuitos financieros, componentes electrónicos y mercados energéticos forman parte de esa capacidad.
Desde el otro polo, EEUU sostiene a Ucrania, es el principal aliado militar de Israel, y garantiza la seguridad de varias monarquías del Golfo. El pasado 28 de julio ofreció una imagen casi perfecta de esa situación. Trump recibió primero a Zelensky y después, en una reunión separada, a Benjamin Netanyahu. Con el presidente ucraniano habló sobre interceptores Patriot, licencias de producción y cooperación en drones. Con el primer ministro israelí discutió la guerra contra Irán. Si bien las reuniones no fueron conjuntas, su proximidad temporal expuso el lugar que ocupa Washington. En cuestión de horas, el propio Trump administró diplomáticamente dos guerras diferentes conectadas por los mismos recursos estratégicos y por una misma red global de alianzas.
Por eso, las ideas de convergencia creciente e incluso de guerras interdependientes resultan especialmente precisas. Cada conflicto conserva una autonomía relativa, aunque empieza a modificar las condiciones en las que se desarrollan los demás. Todo indica que ese proceso seguirá profundizándose aun cuando las guerras mantengan objetivos, actores y conducciones diferenciadas. El rasgo decisivo de esta etapa reside justamente en la creciente capacidad de un frente para incidir sobre el otro. En ese nuevo mapa, el Donbás y Ormuz aparecen como dos puntos de una cartografía de guerra cada vez más conectada. La disputa decisiva de nuestro tiempo comienza a hacerse visible allí, en la manera en que guerras separadas por miles de kilómetros terminan compartiendo armas, recursos, rutas, capacidades y decisiones estratégicas. La convergencia sigue en movimiento. Comprender su dinámica resulta indispensable para entender hacia dónde se desplaza el mundo.
