La agresión de EE.UU. y el régimen de Israel contra Irán desintegró alianzas, fracturó la OTAN y sepultó el unilateralismo de Estados Unidos.
Por: Zainab Zakariyah *
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una agresión militar a gran escala contra la República Islámica de Irán, denominada ‘Operación Furia Épica’. Casi 40 días después, entró en vigor un alto el fuego solicitado por Estados Unidos.
Sin embargo, para entonces, las bombas habían hecho mucho más que destruir vidas, edificios e infraestructuras. Habían fracturado alianzas, expuesto verdades incómodas y obligado a gobiernos de todo el mundo a tomar partido de formas que nadie había anticipado.
Para comprender plenamente las consecuencias, primero debemos mirar hacia atrás en la historia.
Durante gran parte del último siglo, Irán ha luchado por preservar su soberanía frente a imperios extranjeros: Roma, Gran Bretaña, la Unión Soviética y ahora el decadente imperio estadounidense. La memoria iraní de estas agresiones ilegales es larga y brutal.
Los millones de iraníes que perecieron durante la Segunda Guerra Mundial. La ocupación de ciudades iraníes por fuerzas soviéticas. El golpe de Estado de 1953 respaldado por la CIA y el MI6 que derrocó al primer ministro democráticamente elegido de Irán.
Tras la Revolución Islámica de 1979, Irán se convirtió en un país que el imperio no podía tolerar, y desde entonces este ha desplegado todos sus recursos contra él. Washington respaldó al dictador iraquí Saddam Husein en una devastadora guerra que costó la vida a cientos de miles de iraníes, seguida de décadas de sanciones unilaterales que han asfixiado la economía iraní.
No obstante, el capítulo más reciente comenzó no con la guerra, sino con la diplomacia. Hace una década, las potencias mundiales firmaron el Plan Integral de Acción Conjunta (Jcpoa o PIAC, por sus siglas en inglés), un acuerdo que limitaba el programa nuclear iraní a cambio del levantamiento de sanciones.
En 2018, Donald Trump rompió el acuerdo alegando que podía negociar uno mejor y lanzó en su lugar una campaña de “máxima presión”. Cuando su segunda Administración acabó proponiendo nuevas conversaciones mediadas por Omán, Irán respondió positivamente.
El entonces ministro de Asuntos Exteriores de Omán anunció que la paz estaba al alcance de la mano. Sin embargo, Trump afirmó que no estaba “entusiasmado” con los avances y optó por la guerra. El 28 de febrero, por segunda vez en un año, comenzaron a caer las bombas. Y con ello, la contención de Teherán llegó a su fin.
Fracturas dentro del CCG
El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG-integrado por países árabe ribereños del Golfo Pérsico, a saber: Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Baréin y Omán) era habitualmente presentado como un bloque unificado. Esta guerra demostró que no lo es.
Antes de que se llevara a cabo la agresión contra Irán, los Estados del Golfo Pérsico habían asegurado en privado a Teherán que sus territorios no serían utilizados contra él. Esa promesa se derrumbó en la primera hora. Misiles estadounidenses lanzados desde bases repartidas por toda la región cayeron sobre objetivos civiles iraníes. Las primeras víctimas fueron niños en una escuela de Minab, en el sur de Irán, junto con altos dirigentes iraníes, entre ellos el Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, y destacados comandantes militares.
Inicialmente, Teherán limitó su respuesta a instalaciones militares estadounidenses. Pero a medida que esas bases se volvían operativamente insostenibles, el Comando Central de Estados Unidos (Centcom) trasladó su agresión a zonas civiles. Irán amplió entonces sus objetivos en consecuencia. La guerra llegó a territorio de los árabes del Golfo Pérsico.
Mientras tanto, las divisiones internas del CCG se hicieron imposibles de ocultar. Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Kuwait emergieron como los actores más beligerantes, celebrando abiertamente sus vínculos con Israel y reclamando nuevos ataques. Tres años de genocidio retransmitido en directo desde Gaza no habían bastado para romper relaciones con el régimen israelí. Baréin, que nunca restableció sus vínculos con Teherán tras el acercamiento en el Golfo de 2021, fue el primer Estado árabe atacado directamente por Irán en represalia.
Arabia Saudí y Catar adoptaron una postura más prudente. Ambos condenaron los ataques realizados desde sus territorios, al tiempo que mantuvieron abiertos los canales diplomáticos con Teherán y promovieron de manera constante una solución negociada. Omán, fiel a su larga tradición de neutralidad basada en principios, no fue atacado. Nunca interrumpió sus comunicaciones con Irán y actualmente mantiene conversaciones activas con Teherán sobre una gestión conjunta del estrecho de Ormuz, un arreglo que los demás Estados del CCG no pueden aceptar, pero que podría estar convirtiéndose ya en una realidad sobre el terreno.
En una cumbre de emergencia celebrada en la ciudad saudí de Yida el 28 de abril, los seis líderes del CCG emitieron una declaración de unidad. Sin embargo, un comunicado conjunto no equivale a una estrategia común. Emiratos Árabes Unidos desea un ajuste de cuentas permanente con Irán. Arabia Saudí busca estabilidad para su programa económico Visión 2030. Catar y Omán apuestan por el diálogo. Baréin exige una política de máxima presión.
No se trata de variantes de un mismo objetivo, sino de metas fundamentalmente distintas. Y la guerra ha acentuado las diferencias, en lugar de reducirlas.
El CCG y Estados Unidos: una relación bajo presión
Durante décadas, la relación entre el CCG y Estados Unidos se sustentó en un acuerdo sencillo: petróleo del Golfo, respaldo petrodolarizado a la hegemonía monetaria estadounidense y acceso abierto a bases militares, a cambio de un paraguas de seguridad proporcionado por Washington. Durante años, Estados Unidos utilizó este esquema para jugar al “buen musulmán/mal musulmán”: alinearse con Washington significaba prosperar; resistirse implicaba acabar como Irak, Siria o Libia. La guerra contra Irán ha sometido ese acuerdo a una enorme tensión.
Los Estados del Golfo Pérsico afirmaron que no fueron consultados antes de la agresión contra Irán. Teherán rechazó esa afirmación, insistiendo en que era imposible que no estuvieran al tanto mientras el equipamiento utilizado para bombardear a civiles iraníes era trasladado a las bases militares que albergan.
La respuesta iraní a sus quejas fue contundente: o reconocen que esas bases se encuentran en su territorio y aceptan la responsabilidad por lo que se lanza desde ellas, o admiten que son, de facto, territorio estadounidense, en cuyo caso no están en posición de protestar cuando sean atacadas.
Desde la perspectiva iraní, no existe una tercera opción.
Durante años, Estados Unidos e Israel promovieron la Cúpula de Hierro como pieza central de la defensa regional. Lo que esta guerra reveló, sin embargo, fue algo mucho más incómodo: la verdadera Cúpula de Hierro era el propio CCG. Las redes de radares, los sistemas de alerta temprana, las fuerzas navales desplegadas en el Golfo Pérsico y las bases estadounidenses incrustadas por todo el territorio del Golfo.
Los árabes constituyeron desde el principio la primera línea de defensa de Israel. Esa constatación podría ser la más dolorosa para los gobernantes y ciudadanos del Golfo. Creían ser socios en pie de igualdad dentro de un acuerdo mutuo. Los misiles que impactaron en sus ciudades les transmitieron una realidad muy diferente.
El ex primer ministro de Catar expresó lo que muchos en la región pensaban en privado. Advirtió que los Estados del CCG no debían ser arrastrados a una confrontación directa con Irán, alertó de que fuerzas externas estaban empujando deliberadamente a la región hacia un enfrentamiento abierto y describió la guerra como un conflicto que “sirve exclusivamente a una agenda israelí”.
La reevaluación actualmente en marcha es profunda. Una base militar estadounidense, antaño símbolo de protección, ahora parece un objetivo marcado sobre suelo del Golfo. Lo que antes era un activo empieza a parecer cada vez más una carga.
La reevaluación que está actualmente en marcha es fundamental. Una base militar estadounidense, antaño símbolo de protección, ahora parece un blanco pintado sobre suelo del Golfo Pérsico. Lo que antes se consideraba un activo empieza a parecer cada vez más un pasivo.
Europa, la OTAN y EEUU: la alianza que se quebró
Europa no fue consultada. Europa no fue informada. Y a Europa no se le dio opción alguna.
Cuando comenzó la agresión contra Irán, los gobiernos europeos se enteraron por las noticias, igual que el resto del mundo. Pero no era la primera vez. Meses antes, Washington había mantenido a sus aliados en la oscuridad respecto al secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro. El patrón se había vuelto inconfundible: bajo Trump, Estados Unidos actúa unilateralmente y notifica a sus aliados después. Europa ya no era un socio, sino un espectador.
Sin embargo, la guerra contra Irán no surgió de la nada. La confianza europea en Washington se había ido erosionando de forma constante en tres frentes muy concretos.
El primero fue Ucrania. Europa respaldó un esfuerzo bélico alentado por Washington, acogiendo a millones de refugiados, imponiendo severas sanciones a la energía rusa, debilitando involuntariamente su propia economía y reestructurando toda su política de seguridad en torno a Estados Unidos, solo para observar después cómo la Administración Trump se inclinaba hacia un acercamiento con Moscú.
Tras todos esos sacrificios, las capitales europeas comenzaron a preguntarse si el compromiso de Washington con su seguridad era condicional, transaccional o simplemente había desaparecido.
Después llegó la guerra arancelaria, que dejó al descubierto el escaso margen de maniobra de Europa cuando el nacionalismo económico estadounidense se impone.
Quizá la gota que colmó el vaso fue Groenlandia. Las reiteradas declaraciones de Trump sobre la intención de Estados Unidos de adquirir territorio soberano danés, perteneciente a un miembro de la OTAN, transmitieron un mensaje imposible de malinterpretar: el expansionismo estadounidense ya no se limitaba a los adversarios. Los aliados tampoco estaban exentos. El país que había construido el orden internacional de posguerra amenazaba ahora abiertamente con redibujar las fronteras europeas.
Y luego llegó la guerra contra la nación iraní. Una guerra lanzada sin consultas previas, librada en parte desde bases situadas en territorio de aliados y cuyas consecuencias económicas, diplomáticas y militares Europa tuvo que asumir completamente sola.
También aquí la división fue la norma. Los gobiernos europeos no hablaron con una sola voz, pero la dirección general fue consistente: el distanciamiento.
Reino Unido intentó el ejercicio de equilibrio más delicado, restringiendo inicialmente el uso estadounidense de Diego García antes de revertir parcialmente esa decisión bajo presión. El compromiso resultante no satisfizo a nadie y aun así provocó la ira de Trump.
Francia fue más lejos, restringiendo el acceso a vuelos militares y reclamando con firmeza una solución diplomática. España fue aún más lejos, prohibiendo por completo el uso de su espacio aéreo a aeronaves estadounidenses y negando el uso de sus bases para cualquier propósito que excediera las operaciones humanitarias.
Alemania, por su parte, centró su atención en la dimensión jurídica, una preocupación ampliamente compartida en todo el continente. Los especialistas en derecho internacional coincidieron en gran medida en que los ataques violaban la prohibición del uso de la fuerza establecida en la Carta de las Naciones Unidas y carecían de cualquier justificación creíble basada en la legítima defensa.
Aunque el bloque se apresuró a condenar la represalia iraní, su respuesta a la agresión inicial estadounidense-israelí fue confusa e incoherente. Atrapada entre su dependencia de seguridad respecto de Washington y su profunda oposición a lo que Washington acababa de hacer, Europa no podía denunciarlo con firmeza sin dañar la relación transatlántica, ni permanecer en silencio sin convertirse en cómplice de una guerra que sus propios expertos jurídicos calificaban de ilegal.
Durante la primera semana de la guerra impuesta, mientras los europeos se ocupaban de responsabilizar a Irán, no previeron las consecuencias económicas. Ello se debía a que, desde 2022, Europa había sustituido sistemáticamente el gas ruso por gas natural licuado catarí. Así, cuando Catar declaró fuerza mayor en sus contratos con Bélgica, Italia y otros países, Europa no se enfrentó a una simple molestia, sino a una segunda crisis energética en apenas tres años.
El cierre del estrecho de Ormuz impulsó al alza los precios del petróleo, perturbó las rutas marítimas globales y sacudió unos mercados europeos que ya se encontraban bajo presión. La guerra sobre la que Europa nunca fue consultada había pasado a instalarse dentro de su propia economía.
La OTAN no siguió el paso… y Trump no lo perdonó
La OTAN, como institución, se negó a participar. El secretario general, Mark Rutte, afirmó que no existían en absoluto planes para implicar a la Alianza y que la OTAN no sería arrastrada a la guerra. El razonamiento jurídico era sencillo: el artículo 5, la cláusula de defensa mutua, existe para proteger a los Estados miembros frente a ataques. Sin embargo, Estados Unidos no había sido atacado; había sido quien lanzó el ataque. Esa distinción, evidente para todos los gobiernos europeos y los expertos en derecho internacional, constituyó la base de la negativa de la OTAN.
Trump no lo aceptó. Calificó a los aliados europeos de “tigre de papel”, anunció que estaba considerando seriamente retirar por completo a Estados Unidos de la OTAN y ordenó al secretario de Estado, Marco Rubio, cuestionar públicamente si la Alianza seguía sirviendo a los intereses estadounidenses. Rubio fue aún más lejos y afirmó que, si la OTAN se limitaba a “defender a Europa”, Washington tenía serias dudas sobre su futuro dentro del bloque militar.
No se trataba de declaraciones hechas en un momento de ira. Reflejaban una fractura real y cada vez más profunda que la guerra contra Irán terminó por sacar a la luz. Trump quería ver a las armadas europeas desplegadas en el estrecho de Ormuz. Quería que las bases europeas se abrieran a las operaciones estadounidenses. Quería que los aliados se alinearan con sus objetivos. Estos se negaron. Y al hacerlo, dejaron al descubierto algo que llevaba años gestándose silenciosamente bajo la superficie de la política de alianzas occidentales.
Estados Unidos, bajo Trump, a diferencia de Europa, concibe la OTAN como un instrumento de proyección global de poder, una alianza que debe seguir las prioridades estratégicas estadounidenses allí donde estas conduzcan.
Ucrania erosionó la confianza. Groenlandia dañó la relación. La guerra contra Irán la hizo añicos. Lo que queda de la alianza transatlántica es ahora una cuestión que nadie en Bruselas, Berlín, París o Londres puede responder con certeza.
El resto del mundo
Mientras tanto, las fracturas se extienden aún más allá.
Rusia y China condenaron la agresión estadounidense-israelí no provocada y también felicitaron a Irán por la elección del nuevo Líder de la Revolución Islámica. Rusia observa a unos Estados Unidos empantanados en una guerra con un interés discreto, apenas disimulado.
China, que depende en gran medida de las rutas marítimas del estrecho de Ormuz para su suministro energético, está alarmada por las perturbaciones económicas, pero tampoco le desagrada por completo ver cómo la credibilidad global de Estados Unidos recibe un golpe tan visible. Ambos países han elevado progresivamente el tono de su respaldo a Irán, tras haber utilizado su poder de veto para bloquear una resolución promovida por Estados Unidos y Baréin que reclamaba una acción militar destinada a reabrir esa estratégica vía marítima.
El petrodólar, que durante décadas ha sostenido la economía estadounidense, se está erosionando lenta pero inexorablemente bajo el peso de un nuevo contrapeso representado por el petroyuán.
Irak exige la retirada de todas las fuerzas extranjeras de su territorio, una medida que reconfiguraría de manera fundamental la presencia militar estadounidense en toda la región. Esta exigencia se produce después de que Bagdad lograra expulsar a una gran parte de las fuerzas de la OTAN. Los Estados del Golfo Pérsico que durante años disfrutaron de las garantías de seguridad estadounidenses están reevaluando ahora sus opciones.
