“No hay nada más improbable, más imposible, más fantasioso que una revolución una hora antes de que estalle; no hay nada más simple, más natural y más evidente que una revolución cuando ha librado su primera batalla y sacado su primera victoria.” Rosa Luxemburgo, 7 de abril de 1917, revista Der Kampf.
Buenos Aires, Córdoba, Santiago de Chile, Lima, Quito, Latacunga, Cuenca, Bogotá, Medellín, Rio de Janeiro, Ciudad de México, Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, A Coruña, Lisboa, Paris, Lyon, Marsella, Nantes, Rennes, Burdeos, Toulouse, Montpellier, Milán, Tirana, New York, Los Ángeles, Chicago, Washington, D.C., Atlanta, Boston, Houston, Miami, San Francisco, Portland, Dallas, son algunas de las ciudades que en los últimos días han protagonizado manifestaciones y protestas populares, muchas de ellas multitudinarias.
Solo en Francia se han registrado más de 1750 manifestaciones en diferentes ciudades, mientras que las movilizaciones del movimiento “No Kings” se registraron este sábado en unas 3,000 ciudades y comunidades a lo largo de los 50 estados de Estados Unidos, enfocándose en promover el voto anticipado de cara a las elecciones legislativas del próximo 3 de noviembre.
Los motivos de la protesta en cada país son diversos, los sectores que las protagonizan pertenecen a muy distintos grupos sociales, clases o partidos, según el lugar de cada marcha. La juventud, en especial estudiantil, prevalece en muchas de ellas, particularmente en los casos francés y argentino.
Es importante apuntar las causas que provocan estas amplísimas manifestaciones de protesta, como también lo es señalar a los grupos sociales que las protagonizan o encabezan porque, en realidad, en más de uno de estos casos, a los grupos iniciales se han ido sumando diversos sectores con sus propias reivindicaciones.
Del inicial caso francés de estudiantes de secundaria reclamando mejores condiciones de estudio e infraestructura, se pasó a una lucha generalizada, con padres de alumnos, sindicatos, los ya famosos chalecos amarillos, habitantes de los suburbios olvidados y excluidos (banlieues), partidos de izquierda, hasta parlamentarios que se sumaron, intentando en algunos casos bloquear o impedir la represión.
Proliferan escenas verdaderamente heroicas de resistencia ante las brutales embestidas policiales. En varios de esos lugares la represión retrocedió ante la respuesta popular.
¿Arde Paris o arde el modelo mundial guerrerista, extremista y neoliberal?
En el caso francés, en los lugares donde no se reprimía, las marchas transcurrieron con tranquilidad, con la gente ejerciendo su legítimo derecho a la protesta ciudadana, “Donde no hay policía, hay calma”, afirmaba el líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon.
Reprimidas o no, las marchas en Europa muestran el hartazgo ciudadano ante un modelo que se ha dedicado a aumentar gastos para la guerra (contra Rusia) en detrimento de las inversiones sociales y programas de apoyo a los más necesitados. Las encuestas señalan que siete de cada diez franceses aprueban la movilización del 17 de octubre contra el aumento del coste de vida después de que la inflación alcanzara su nivel más alto desde enero de 2024.
Las protestas masivas y pacíficas que por semanas se habían centrado en Madrid, contra el desalojo de familias inquilinas y personas de la tercera edad, se extendieron gradualmente a otras grandes ciudades del Estado Español; la situación de los migrantes en Ceuta fue también, en su momento, motivo de agitación popular. Las causas se fueron sumando y expandiendo hacia otros países de la región. El modelo europeo de seguridad a costa del bienestar de la población empezaba a hacer aguas.
Lejos de tratarse de un fenómeno acotado a una “situación de primer mundo”, otros factores apuntaban a un problema mucho más de fondo. En América Latina y el Caribe, donde entre 2023 y 2026, fuerzas conservadoras y de extrema derecha habían conquistado doce gobiernos nacionales -en muchos casos con métodos cuestionables, abierto injerencismo y fraude evidente, como se demostró a partir de las revelaciones del llamado “Caso Cerimedo”-, las movilizaciones no se hicieron esperar.
Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca por segunda vez, y con la ofensiva neo-monroista sobre la región, las políticas de despojo y de concentración de riqueza extrema en manos de élites al servicio de Washington, empujaron a los pueblos de Nuestra América a duras condiciones económicas, pérdida de empleos y aumento del trabajo informal precarizado, grave deterioro de sus condiciones materiales de vida, descenso abrupto del consumo, y retrocesos evidentes en las políticas de protección social implementadas bajo anteriores gestiones de gobiernos de corte progresista.
Durante este tiempo, también se fueron implementando a gran velocidad diversas formas estatales de control social, que adquirieron en muchos casos carácter legal, judicial y preventivo, como forma de evitar o neutralizar las posibilidades de movilización que, previsiblemente, sucederían, en la medida que aquellas duras condiciones de vida se hicieran insoportables.
Hoy, de norte al sur del continente, un sinnúmero de condicionamientos legales, reformas a los códigos penales y leyes punitivas, penalizan efectivamente la protesta y la movilización popular.
De manera preventiva y coordinada, las oligarquías y clases propietarias, fueron preparando las condiciones para enfrentar las inevitables explosiones sociales. Los ejemplos abundan: desde el estado de excepción permanente del bukelato salvadoreño, o el llamado “protocolo antipiquetes” del gobierno argentino de Javier Milei, hasta el proyecto de Estatuto Antiterrorista, en estudio por el parlamento de, De la Espriella, en Colombia.
Cada caso constituye un instrumento más de un menú represivo preventivo que puede ser implementado (copiado) según la necesidad, de manera bastante ágil, por uno u otro gobierno de la región, en función de sus necesidades.
Claro está que no todos los gobiernos tienen la misma correlación de fuerzas parlamentarias o control efectivo sobre otros órganos de poder, lo que puede limitar la viabilidad de una u otro medida. Pero “el menú punitivo” está elaborado.

La lucha contra el tiempo
A pesar de la propaganda masiva que desde los medios hegemónicos nos presenta la realidad latinoamericana y caribeña como irreversible, destinada a ser gestionada por fuerzas al servicio de los intereses de Washington, y mientras preparan sus asaltos sobre Brasil (25 de octubre) y, previsiblemente, sobre México, en un futuro no muy lejano, los pueblos de Nuestra América han empezado a demostrar que jamás se debe dar por definitiva sus derrotas, por severas que estas sean.
Las derechas en el poder sabían que tarde o temprano debían esperar la reacción popular; jamás creyeron sus propias mentiras de eternidad en el poder. Por eso actuaron como actuaron, construyendo muros legales contra la protesta popular.
Si las muestras de lucha callejera han demorado en surgir aquí o allá, como las flores en primavera, es probablemente por la incapacidad de sus dirigentes para unificar esfuerzos, dejar de lado contradicciones secundarias y, más de una vez, mezquindades en busca de protagonismo.
Sin embargo, “con los dirigentes a la cabeza, o con la cabeza de los dirigentes”, al decir de una frase atribuida al argentino Juan Perón, los pueblos no esperarán a que desde salones y con café, se resuelvan las diferencias entre dirigencias.
Chile y Bolivia, con diferentes motivos, y también con distintos resultados, dieron los primeros indicios de que no todo estaba tan bien y bajo control, como pretendían vender los medios hegemónicos.
De Santiago a Buenos Aires las protestas se contagiaron como se contagia la alegría. De la llamada marcha de la bronca a la masiva lucha universitaria en defensa de la gratuidad de la educación, corrió un breve lapso de tiempo que, sin embargo, tenía otro antecedente imprescindible, las marchas de jubilados que fueron mostrando un camino empedrado de represión cobarde, respondida con el heroísmo de la tenacidad y la voluntad de lucha por lo que es justo.
La acumulación de fuerzas, posiblemente lenta y aún dispersa, aparece también en otros rincones del continente. En Rio de Janeiro y otros grandes centros urbanos de Brasil, inmediatamente después del resultado de la primera vuelta electoral, la masividad de la movilización anti-bolsonarista resultaba conmovedora y alentadora.
Si De la Espriella, en Colombia, pensaba que asesinar y reprimir sería su forma de asegurar un gobierno que nació ladrando, las masivas marchas de protesta, aún con escasa cohesión, muestran la disposición a la lucha y la resistencia del pueblo.
Lacayos que empiezan a dudar
Así las cosas, a dos semanas de un gran desafío para los extremistas de MAGA, que también vieron en las calles de EEUU caminar la protesta, aunque claramente por otros motivos y de distinto tenor, sus lacayos más fieles al sur del río Bravo, parecen evaluar la situación y considerar sus alternativas.
Tal el caso del “sorpresivo” anuncio del dictador salvadoreño acerca de sus intenciones de dejar en libertad a un número considerable de personas encarceladas bajo el régimen de excepción.
Aunque los más incautos atribuyeron de inmediato el anuncio a motivos electorales, la realidad es que a esta derecha con rasgos neofascistas lo que menos les importa a estas alturas son las elecciones, porque dispone del aparato de control electoral suficiente para asegurar no solo su continuidad en el Ejecutivo, sino una correlación parlamentaria favorable y el férreo control sobre las estructuras judiciales.
Menos claro resulta para la dictadura el panorama internacional y lo que pueda suceder con posterioridad al 3 de noviembre, y sobre todo a partir de la salida de Donald Trump de la presidencia, en un par de años.
Hace poco, en un análisis titulado Poder o prisión (24/08/26), intentamos explicar la necesidad imperativa de estos gobiernos autoritarios y represivos en el continente por mantenerse en el poder a cualquier costo, en la medida que perderlo podría implicar posibles juicios por causas imprescriptibles, como los crímenes de lesa humanidad.
Son justamente las acusaciones internacionales, que se siguen acumulando contra la dictadura salvadoreña, las que ponen en riesgo su destino si las cosas empiezan a torcerse.
Así podrían interpretarse los anuncios de posible liberación de prisioneros señalados como colaboradores en escalas inferiores del entorno pandilleril. De esta manera, además de subrayar su papel absoluto de juez y parte, al margen de cualquier formalidad judicial, el dictador parece descartar la existencia de inocentes, la acusación más frecuente relacionada con las detenciones arbitrarias de su régimen, dejando en el limbo a miles de personas, incluyendo las y los prisioneros políticos y sociales, por quienes reclaman los organismos de derechos humanos y asociaciones de familiares.
La firma de documentos por las personas liberadas, reconociendo culpabilidades, parece ser el recurso que pretende utilizar la dictadura para evitar juicios en su contra. No obstante, cualquier maniobra que pueda realizar, cualquier firma bajo coacción que pueda extraer, no le eximirá del juicio, no solo de la historia sino de las mujeres y hombres que seguirán luchando hasta hacer de El Salvador un país auténticamente libre, soberano, justo, y con un gobierno al servicio del pueblo y no de élites parasitarias e intereses extranjeros.
Por ahora, la ola de masivas luchas de calles no llega a El Salvador. Demasiadas divisiones en el campo popular, excesivo sectarismo, búsqueda de protagonismo, miopía política, y alta influencia de los medios de manipulación y desinformación masiva mantienen los niveles de movilización y protesta demasiado bajos; el miedo también es otro factor, pero la alegría de la lucha, cuando llega, es contagiosa.
Desde el sur del continente va subiendo una ola de protesta liberadora y antifascista que, más temprano que tarde llegará, y el drama que hoy vive El Salvador, pero también la mayor parte de Centroamérica, llegará a su fin.
Parafraseando a Rosa Luxemburgo, las revoluciones nunca parecen tan lejanas e imposibles como cuando están a punto de estallar. Más allá de sus oscuros triunfos electorales, las derechas siguen teniendo de qué preocuparse.
