1
Cuando Heine alza la voz frente a los desmanes de la Inquisición y advierte, en su célebre tragedia Almansor, que “allí donde se queman libros finalmente se acabaran quemando personas”, nos está dando mucho más que un orden cronológico de aquella atrocidad: nos da la medida y el sentido unívoco de semejante violencia. Y aún más: expresa que la destrucción del pensamiento en su más amplio significado —que abarcaría por supuesto al arte y a todas las doctrinas religiosas, científicas, filosóficas y políticas— no es la antesala, sino la consumación del exterminio de lo humano. Lamentablemente la historia demostró —y lo sigue haciendo— con grotescos episodios, que los poetas no siempre exageran. Tomemos como ejemplo lo ocurrido en la Alemania Nazi el 10 de enero de 1933: la quema de al menos veinte mil libros, orquestada por Goebbels, para “poner fin al intelectualismo judío”. En esa hoguera ardieron por igual ideas de científicos como Einstein y Freud, de escritores alemanes y no alemanes como Stefan Zweig, Thomas Mann, Brecht, no podía faltar Heine desde luego, y una larga lista que sigue con Hemingway, Jack London hasta fundirse con nombres de pacifistas como E. M. Remarque. Las obras de Marx y Engels fueron sometidas al mismo fuego que devoró por igual las doctrinas de burgueses y liberales. Sí. Había comenzado el Holocausto.
Tal vez el carácter profético de las palabras de Heine, se sustenta en el hecho tan evidente como incontrovertible de que el ser humano es un ser que vive y es, además, un ser que piensa. Este matiz en realidad contiene una diferencia radical que no podemos abordar ahora con suficiente profundidad, pero su simple enunciación nos permite afirmar que nosotros (los animales humanos) habitamos el mundo signados por el (falso) dilema de pensar cómo se vive o de vivir cómo se piensa. Es el carácter conflictivamente indisoluble de nuestro complejo ser, y quizá sean en los libros donde más se expresa esa tensión existencial. De ahí el valor vital —negativo o positivo: da igual— que desde la invención de la escritura le hemos otorgado a estos artefactos verbales.
2
No necesitamos hacer aquí una genealogía de los libros, ni tampoco es preciso examinar su singularidad tecnológica e impacto cultural durante más de dos milenios de presencia, para entender que ellos nacieron contra el olvido, el silencio y la perenne indiferencia del mundo: tres formas sutiles que adopta la muerte. Y por ello mismo simbolizan un triunfo de la vida mediante el ser viviente y pensante que decimos. Nacieron para transformar y conservar a la vez nuestra existencia. Y no se trata de romantizar a estos objetos, bien sabemos que hay libros que mienten y degradan encarnando así el peor de los carácteres humanos. También los nazis escribieron, por cierto, y publicaron sus ideas y programas irracionales, pero el hecho de que en esa misma medida podamos refutarles y combatirles mediante la memoria, la interpretación y creación de mejores ideas, les da el derecho que reclamamos para aquellas obras que, en contraste, elevan la condición humana. La presencia de los libros ha sido de hecho tan determinante como inquietante en nuestras vidas. Podemos decir que incluso quienes defendieron la palabra, la memoria y el conocimiento, desconfiaron, en los albores del libro, de sus bondades. Atendiendo no sin razón al peligro que reviste ese poder inconmensurable que sólo la memoria y la imaginación juntas, en unas cuantas páginas, pueden concentrar. El libro no sustituyó las funciones intrínsecas del alma, como temían algunos sabios de la antigüedad, pero se ha hecho imprescindible para las capacidades cognitivas y sensibles de la humanidad con lo cual su destino es también el nuestro.
3
Es verdad que el libro no ha sido destronado por completo de su reino a pesar de las hogueras y la censura. Las eras tecnológicas que pretendieron superarlo, desde la invención de la electricidad y luego de la informática, hasta la advenediza Inteligencia Artificial, todos los intentos de desalfabetización de la cultura lograron en cierta medida horadar su presencia física desplazándola al mundo de la imagen y la representación virtual. El apogeo de la era digital vende la ilusión de que podemos vivir fuera del mundo. No debemos confundir ese afuera con un espurio retorno a nosotros mismos, pues bien sabemos que afuera del mundo sólo es posible el vacío de la soledad. Nos venden, insisto, el poder de prescindir de las cosas, y sustituir las relaciones humanas, por mejores y más eficaces experiencias que la hiperconectividad, la imagen y el almacenamiento infinito de datos puede ofrecer. No se puede decir que el libro como símbolo y soporte de las ideas no haya pagado y esté pagando el precio por su manera de resistirse. De hecho es uno muy alto y difícil de revertir: el precio de su devaluación moral.
4
A finales del 2025, la empresa Anthropic no tuvo más remedio que indemnizar por un monto de 1.500 millones de dólares a los escritores Andrea Bartz, Kirk W. Jhonson y Charles Graeber por la apropiación ilegal de centenares de miles de libros extraídos de las plataformas Books3, LibGen y Pirate Library Mirror, con el objetivo de entrenar sus modelos de lenguaje. No olvidemos que estos ni piensan, ni escriben, ni crean por cualidad propia: lo hacen a partir de lo que pensamos, escribimos y creamos los seres humanos.
Pasaron muchos meses para que el mundo conociera un nuevo mecanismo secreto bautizado con el nombre de Project Panama y empleado para los mismos propósitos, pero esta vez de forma perniciosa contra los libros físicos. ¿En qué consistía este proyecto? Cito del documento filtrado por The Washington Post : “escanear de forma destructiva todos los libros del mundo”, una instrucción que iba acompañada de otra más imperativa: “no queremos que se sepa que estamos trabajando en eso”. Anthropic contrató a una empresa para encargarse de la compra, en librerías de viejo, de todos los ejemplares publicados antes de 2022, guillotinarles el lomo y escanearlos hoja por hoja y mandar el material trozado al reciclaje. La razón técnica de esta selección es que lo publicado antes de 2022 no ha sido contaminado por los algoritmos, es decir, es material virgen. El problema es que a la velocidad y con la voracidad con que trabajan los modelos de lenguaje, ya han procesado y absorbido toda la información existente en internet y probablemente la IA se encuentre en un bucle de retroalimentación conocido como el colapso de modelo: IA plagiando a IA. Esto explica el criterio selectivo de material virgen, pero ¿qué explica la impiedad a la que fueron sometidos al menos 500 mil ejemplares? La respuesta indigna por ser banal: así es más rápido y más barato. Además, los modelos de lenguaje no son inteligentes, no leen ni asimilan ideas ni sentimientos como sólo puede hacerlo un animal humano, es decir: no aprecian ni emulan lo bello, lo verdadero, lo extraordinario de las obras que devoran. Su forma de extraer datos consiste en descomponer las palabras y los símbolos a su mínima expresión objetiva: más precisamente a un código binario. Por lo tanto el libro en su conjunto tenía para la operación, el valor de un combustible digital con el que alimentaron los estómagos de sus insaciables chips.
5
Quienes en el pasado prohibieron libros, cercenaron sus ideas, les prendieron fuego, los censuraron antes y después de que se concibieran: Emperadores, Papas, reformistas, nazis, gobiernos déspotas de derecha, centro o izquierda, partidos dogmáticos, mercados autoritarios, así hasta llegar a las nuevas ideologías del wokismo del siglo XXI y su corrección política, y la no menos nefasta Ilustración oscura; todos han visto al libro como un adversario digno, respetable, temible. Y por supuesto que no se lo agradecemos. Pero los tiempos que corren, y los poderes que hacen correr al tiempo en una determinada dirección, parecen haber introducido una nueva forma de violencia contra el conocimiento humano y un desprecio por el libro como memoria vital, aún más peligroso y atroz: la indiferencia. ¿De qué otro modo podemos leer la noticia de este culturicidio sino desde la poca indignación que despertó? Muchos compararon esta distopía del presente con la novela Fahrenheit 451. Es cierto que hay similitudes: si en la imaginación de Bradbury eran los bomberos quienes quemaban los libros, en 2026 son los empresarios de las tecnologías cognitivas quienes destruyen el saber. ¿Pero acaso vemos a los ciudadanos resistir memorizándose cada quien una novela, un tratado, un poema para garantizar que nunca arda en el fuego del olvido? El pesimismo es un lujo que no podemos darnos pero la indiferencia es una deshumanización que no podemos consentir.
