La última advertencia de Washington a los países del sudeste asiático vuelve a confirmar un hecho que muchos en la región conocen desde hace décadas.
Estados Unidos no es un garante de estabilidad, sino un factor constante de injerencia, presión y desestabilización. En esta ocasión, el mensaje vino del principal funcionario comercial de la administración Trump, Jamieson Greer, quien en Kuala Lumpur exigió a los fabricantes de semiconductores del sudeste asiático trasladar su producción a suelo estadounidense bajo amenaza de aranceles punitivos.
La declaración es contundente: si los países de la ASEAN no aceptan reconfigurar sus cadenas de suministro en beneficio de Washington, se verán golpeados con aranceles que ya oscilan entre el 10 y el 40% sobre sus exportaciones, y que podrían escalar hasta un 100% en el sector de semiconductores, según ha adelantado el propio Trump.
El “socio” que chantajea a sus aliados
Greer fue claro: “Si no podemos llegar a acuerdos, entonces la solución arancelaria es la solución”. Es decir, Estados Unidos plantea la relación comercial no en términos de cooperación mutua, sino en clave de chantaje. O bien los países de la ASEAN alinean su producción a los intereses estratégicos de Washington, o enfrentarán un castigo económico severo.
Este enfoque confirma una constante en la política exterior estadounidense: el uso del comercio como arma geopolítica. Bajo el pretexto de la “seguridad nacional”, Washington presiona a países soberanos para que reorganicen sus economías, aunque eso implique perder competitividad, alterar décadas de inversión en infraestructura y poner en riesgo millones de empleos.
La presión ya está dando resultados visibles. Varias de las principales economías del sudeste asiático han ofrecido concesiones multimillonarias para evitar una guerra arancelaria total. Malasia, por ejemplo, ha prometido 240.000 millones de dólares en bienes e inversiones estadounidenses como parte de un acuerdo propuesto. Otros países de la región han aceptado ampliar sus compras de productos agrícolas y energéticos de EE.UU. y abrir su mercado sin aranceles a bienes estadounidenses.
Lo que Estados Unidos llama “acuerdos de cooperación” son en realidad imposiciones asimétricas que obligan a los países de la ASEAN a subsidiar la economía norteamericana y reforzar el consumo interno estadounidense, incluso a costa de su propio desarrollo.

Semiconductores: el verdadero campo de batalla
La disputa no es menor. El sudeste asiático es un nodo esencial en la cadena global de semiconductores, una industria estratégica que afecta no solo a la electrónica de consumo, sino también a la inteligencia artificial, las telecomunicaciones y la industria militar.
Estados Unidos pretende romper esa cadena regional para repatriar la producción, debilitando la autonomía de la ASEAN y reordenando el mercado mundial según sus propios intereses. La amenaza de un arancel del 100% a los chips extranjeros ilustra hasta dónde está dispuesto a llegar Washington para preservar su hegemonía tecnológica.
Pero esta estrategia tiene un costo: fragmenta aún más la economía mundial, eleva la incertidumbre para los inversionistas y multiplica las tensiones geopolíticas en un momento de fragilidad global.
El declive del “hegemon”
Lo que proyecta Washington en el sudeste asiático no es una política de confianza, sino la expresión de su debilidad estructural. Un poder en expansión no necesita recurrir al chantaje abierto ni al castigo económico a sus socios comerciales; lo hace quien siente que pierde el control del tablero.
China ha consolidado en los últimos años una influencia económica natural en la región a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta y de su papel como principal socio comercial de casi todos los países de la ASEAN. Frente a eso, Estados Unidos no ofrece alternativas de cooperación real, solo exige sacrificios en nombre de su “seguridad nacional”.
Este patrón confirma que la verdadera amenaza para la estabilidad global no son las potencias emergentes, sino una superpotencia que se resiste a aceptar la multipolaridad y que, en su afán de mantener la hegemonía, está dispuesta a poner en riesgo la economía mundial.
La cumbre de la ASEAN con la prevista visita de Donald Trump en octubre será una prueba de fuego para la región. ¿Hasta qué punto están dispuestos los países del sudeste asiático a ceder ante las presiones estadounidenses? ¿O buscarán en la diversificación de socios —China, Rusia, India— una vía para proteger su soberanía y estabilidad económica?
Lo que está claro es que el comportamiento de Washington en la región confirma que Estados Unidos no es un garante de orden, sino un factor de riesgo creciente para la seguridad económica global. Y mientras más se prolongue esta dinámica, mayor será la fractura del sistema internacional que, hasta ahora, Washington asegura defender.
